¡Emprendiste! ¡Muy bien! Diste el primer paso y probablemente lo hiciste a pesar del miedo. O tal vez porque alguna circunstancia te obligó… Ese impulso inicial es el comienzo de una relación compleja con tu negocio, una en la que, con el tiempo, aprenderás un lenguaje y una dinámica propios.
Al inicio tienes muchas tareas, muchas ideas, y vives en un caos “ordenado”, en donde terminas asumiendo múltiples funciones mientras intentas mantener la atención sobre todas las áreas del negocio, aun cuando probablemente no puedes identificarlas individualmente. Con el tiempo, empiezas a ahogarte. Estás en una eterna carrera de hacer esto para luego hacer aquello, y la lista de pendientes, lejos de disminuir, aumenta. Es cuando te das cuenta de que necesitas formar equipos, crear estructura y diseñar sistemas. El reto en este punto es que el negocio apenas alcanza para mantenerte a ti y tus necesidades, ¿cómo podría entonces pagarle a otra persona?
Así es como, sin darte cuenta, empiezas a interactuar con tu negocio: él te pide personal, y tú le pides más dinero. Así es como inicias una espiral ascendente en donde te la pasas balanceando las finanzas para poder asumir nuevos compromisos que, a su vez, hacen crecer tu negocio, te ayudan a generar más dinero y te permiten mejorar tu calidad de vida. Lo que eso signifique para ti…
Emprender conlleva hacer las paces con el hecho de que, si tu negocio está evolucionando, hay cambios constantes, siempre algo nuevo que resolver, más responsabilidades. Sostener un negocio requiere un esfuerzo constante que, a la larga, puede ser muy gratificante. Solo hay que saber que ese balance puede tomar años. Ojalá no confundas estar siempre ocupada con ser productiva.
En el libro de Michael E. Gerber, “El mito del emprendedor”, se menciona que el 80 % de los negocios quiebran en los primeros cinco años. Del 20 % restante que sobrevive, el 80 % no sobrepasa los diez años. No es un camino fácil, pero sí muy gratificante. Lo más recomendable es tener la paciencia —disciplina— de no sacar del negocio más de lo que este te permite sin ser perjudicado; de reinvertir las ganancias de los primeros años y celebrar el crecimiento que vas teniendo. Cada pequeño paso cuenta.
En especial, te diría que te unas con otras personas que también tengan negocios. Vas a darte cuenta de que las cosas no solo te pasan a ti. Pero, eso sí, reúnete con personas que tengan criterios similares a los tuyos, porque malas prácticas puede haber muchas, y esas recomiendo evitarlas en la medida de lo posible.
Haz todo lo posible por conocer tu mercado. Saber desde qué tan formal o informal es el sector económico en el que te desempeñas hasta cuáles son los mejores proveedores que te conviene tener, refinar la idea de quién quieres que sea tu cliente, o simplemente escuchar a tu público actual para integrar nuevas formas de ingresos; toda esa información te permite ser más estratégica.
Finalmente, te diría: hazte acompañar de buenos asesores, aquellos que compartan tu visión de negocio y te acompañen a desarrollarla, brindándote las informaciones que necesitas para que puedas tomar buenas decisiones. Con frecuencia, la buena asesoría te ahorra tropiezos, suma valor a tu negocio y aporta conocimientos que aligeran tu carga.
Con el tiempo entiendes que emprender no es solo crear un negocio, sino aprender a sostenerlo, y que una mente tranquila piensa mejor y de forma más estratégica. Porque, al final, un negocio saludable también debe permitirte tener una vida sostenible.

